El regreso de la competitividad en el plato fuerte del All Star da un balón de oxígeno a una competición metida en varios líos morrocotudos tanto en el plano deportivo como extradeportivo

Aunque tan solo estamos a mediados de febrero, este All Star de la NBA fue como agua de mayo para Adam Silver, comisionado de la liga estadounidense. ¿Por fin ha encontrado una fórmula para recuperar el interés por la fiesta después de una década en caída libre? Es pronto para decirlo, pero de buenas a primeras la calidad del entretenimiento este domingo convenció a público, jugadores y analistas. “Ha sido un paso adelante en el departamento competitivo, y creo que le hemos dado a la afición lo que merecía”, celebró Kevin Durant, 16 veces All Star. Pronto llegará el juicio de las audiencias, con el asterisco de haber coincidido en el ‘prime-time’ con los Juegos Olímpicos de Invierno de Milán-Cortina.

A nivel deportivo, el domingo ganó el equipo Estrellas comandado por una de las mayores promesas locales de la competición, el escolta de los Minnesota Timberwolves Anthony Edwards. El nuevo formato Estados Unidos contra el Mundo reavivó la llama de la competitividad entre los mayores astros del baloncesto mundial. También demostró que los jóvenes locales querían sacar pecho no solo ante sus rivales internacionales –que les han sacado los colores en las votaciones al MVP desde 2019–, sino también demostrar su valía y méritos ante los veteranos LeBron James, Kevin Durant y compañía. Contra ellos, por un contundente 47-21 en la gran final del tercer formato distinto introducido en cuatro años, se coronaron en el ostentoso Intuit Dome de Los Ángeles.