Es un privilegio poder comentar con el propio autor tu frase favorita de una novela, en este caso de ‘El camino estrecho al norte profundo’, de Richard Flanagan
¿Cuáles son nuestras frases favoritas de novela? Están las clásicas, claro: “todas las familias felices se parecen”, “muchos años después, frente al pelotón de fusilamiento…”, “detesto los héroes vulgares y los sentimientos moderados”, “venga lo que venga iremos hacia ello sonriendo”, “Dios sabe que no debemos avergonzarnos nunca de nuestras lágrimas, pues son la lluvia que cae sobre el polvo cegador de la tierra que endurece nuestros corazones”. Pero me refiero a esas frases más nuestras, personales, que nos han marcado de manera especial como lectores y componen las líneas tenues sobre las que trazamos esforzadamente la caligrafía de lo que somos.
Cada uno tendrá las suyas. Entre las mías están “cuesta mucho luchar contra el deseo del corazón; todo lo que quiere obtener lo compra al precio del alma” (Justine), “el desierto no podía reclamarse ni poseerse; era un trozo de tela arrastrado por los vientos” (El paciente inglés), “desaparece del mundo como envuelto en una nube misteriosa, inescrutable en el fondo de su corazón, olvidado, sin el perdón de los que lo rodeaban y excesivamente romántico” (Lord Jim), “no se puede vivir sin amar” (Bajo el volcán), “si la isla estaba poblada de espíritus, no eran monstruos sino ninfas” (El mago) o “retrocedía ante el miedo a ser cobarde y no ante la posibilidad de que lo hirieran” (Las cuatro plumas). Y desde hace un tiempo hay otra frase que se ha unido a estas y no deja de resonar en mi cabeza: “un hombre feliz no tiene pasado, un hombre infeliz no tiene nada más” (El camino estrecho al norte profundo).






