Que un gran abeto caiga sobre tu vivienda es un trance pero a la vez invita a profundas reflexiones mientras llega el perito del seguro
Que te caiga un árbol encima de tu casa es un trance. Lo digo con gran conocimiento de causa porque me acaba de pasar. Tengo unos quince metros de poderoso abeto Douglas (Douglasia verde, falsa tsuga verde de las Rocosas o Douglas de Oregón) tumbados sobre mi —hasta ahora— bonita segunda residencia en Viladrau, en el Montseny. El árbol no se ha caído con la ventolera del jueves sino que se ha venido abajo unos pocos días antes, durante un alevoso vendaval nocturno digno de la temporada de tornados en Oklahoma, pero les aseguro que la impresión es la misma. Nada te prepara para la visión de un árbol sobre tu vivienda, tiene algo de irrebatible, rotundo, aplastante. Te empequeñece y te coloca en tu verdadero lugar en el universo: eres insignificante e irrelevante, y frágil.
“Tengo una mala noticia, bueno, dos”, nos telefoneó el jardinero Manolo Díaz. “Se ha caído el árbol, y lo ha hecho sobre la casa”. Manolo hizo una innecesaria pausa dramática al otro lado de la línea, mientras yo intentaba visualizar la escena tragando saliva. “Podría haber sido peor”, continuó tratando de sonar tranquilizador. Ciertamente, podríamos haber estado debajo. Según las estadísticas tienes veinte veces más posibilidades de morir por que te caiga encima un árbol que por el ataque de un tiburón.






