En Estados Unidos, se trata menos de hablar que de callar en español. El sonido de un idioma puede utilizarse como objeto decorativo, pero no su silencio, ni mucho menos su imagen, el dibujo del eco
Solo hay una cosa más ridícula que detestar a Bad Bunny, y es defenderlo, puesto que defender a Bad Bunny significa creer que necesita defensa. Unos días antes de su actuación en el Super Bowl, cuando recibió el premio Grammy al Mejor Álbum del Año, le dije a una amiga, medio en broma, medio en serio, que así, con esa teatralidad, lloraba alguien de Latinoamérica. Tras el anuncio de su triunfo, y en medio de tanto bullicio, Bad Bunny había cerrado los ojos, apretado con sus dedos el puente de la nariz, como si estuviese controlando el punto de salida de las lágrimas, y simplemente había dejado correr el tiempo.
Se trata de un método de contención, un gesto de ama de casa, de obrero agotado, de vecina a dos puertas de distancia, que sirve lo mismo para la euforia que para la desgracia, y su ambivalencia, la feliz indeterminación de las emociones, es lo que lo vuelve profundamente latinoamericano. Quien lo ve, no sabe qué esperar de ahí: si la persona en pausa acaba de ganar la lotería, si viene de enterrar a su madre o, más exquisito aún, si está fingiendo todo lo que le sucede.















