Los problemas del sueño o las alteraciones emocionales pueden ser signos de la enfermedad y manifestarse años antes que el temblor o la rigidez. Su detección precoz y tratamiento garantizaría una mejor calidad de vida a los pacientes

Muchas personas serían capaces de citar tres o cuatro síntomas con los que se manifiestan las enfermedades más comunes, mientras que hay otras, como el párkinson, de las que muy pocas recordarían más de un síntoma (el temblor) o dos a lo sumo (temblor y rigidez). Y eso, a pesar de que el párkinson es la segunda enfermedad neurodegenerativa más frecuente, por detrás del alzhéimer. Según la Sociedad Española de Neurología (SEN), 160.000 personas conviven con esta patología en España. Afecta al 2% de los mayores de 65 años y al 4% de los mayores de 80 años y, además, no es exclusiva de la tercera edad: el 15% de los diagnósticos se produce en menores de 50 años.

Aunque se identifique casi exclusivamente con problemas motores, el párkinson puede afectar al sueño (hasta el 98% de los enfermos sufre alguna modalidad); al habla; al estado emocional o incluso al olfato. Es la enfermedad de las mil caras, no solo por los síntomas que presenta, sino también por su evolución, que puede variar mucho de una persona a otra. Tras más de dos décadas tratando a cientos de pacientes, Pilar Sánchez, jefa de la unidad de Trastornos del Movimiento del Hospital Puerta de Hierro de Madrid, dice que hay tantos párkinson como pacientes: “Existen variantes genéticas y no genéticas, y la enfermedad no es igual en jóvenes que tienen 40 años que cuando se diagnostica a los 70. Es una patología muy variada, y cuando hablamos solo del temblor y la rigidez es como si estuviésemos viendo la punta del iceberg”.