El partido, que el año pasado fue visto por un récord de casi 128 millones de personas, tiene un enorme impacto económico y social

La Super Bowl es todo un evento, un universo al completo, que va mucho más allá del propio partido —este año, entre los New England Patriots y Seattle Seahawks— y se extiende desde días antes (con eventos, cenas y fiestas), durante las horas del mismo, pero también en sus pausas (de ahí el famoso intermedio) y hasta sus momentos publicitarios. Poner un anuncio durante el tiempo del partido no es menor. Son muchas las películas que deciden mostrar su metraje por primera vez ahí (este año, por ejemplo, lo hará la esperada Proyecto Hail Mary, con Ryan Gosling), los famosos que se alían con ciertas marcas —aparecerán desde George Clooney a Sabrina Carpenter, pasando por Elsa Pataky y Chris Hemsworth, Sofía Vergara, Emma Stone o Bradley Cooper— y, sobre todo, los guionistas que se dejan todo su ingenio para que el producto llegue a miles de personas.

Este 2026, y con permiso de la esperadísima y en parte polémica actuación de Bad Bunny, los anuncios de comida, cerveza, cosmética, coches, casas de apuestas, chocolates, compañías telefónicas y casi cualquier producto imaginable estarán presentes en las pantallas del Levi’s Stadium (que ya tiene el anuncio incorporado en el nombre), pero sobre todo en las casas de los millones de espectadores que siguen el juego. Y eso cuesta: este año es el más caro de la historia, y por un anuncio de 30 segundos se pagan ya ocho millones de dólares.