Cuando España se preparaba para entrar en la Comunidad Económica Europea realicé un viaje literario por los países que iban a ser nuestros socios. Todavía guardo flases evanescentes de aquella experiencia
Allá por el año 1985 España se preparaba para entrar en la Comunidad Económica Europea, ingreso que se produjo el 1 de enero del año siguiente. En el periódico me propusieron que realizara un viaje literario por esos países que en adelante iban a ser nuestros socios. Por fin podía cumplirse el sueño de Ortega, quien no se cansó de repetir que la solución del problema de España estaba en Europa. Los españoles ingresamos en ese club, tal vez, sin haber perdido del todo el pelo de la ...
dehesa y aunque nos fue asignado el vagón de cola, lo cierto es que nuestro país iba a la misma velocidad en aquel tren. Cuando a Churchill le preguntaron qué opinaba de los franceses contestó: “No sé. No los conozco a todos”. Pues bien, lo mismo me pasaba a mí, de modo que en aquellos viajes me ahorré el trabajo de conocer a los habitantes europeos uno a uno; en cambio, guardo todavía unos flashes evanescentes de aquella experiencia.
Al llegar a Holanda ya sabía que las mejores patatas de Europa eran las de Frisia, una región al norte del país, que habían merecido ser pintadas por Van Gogh en su primera época. En aquellos cuadros se veían campesinos, hombres y mujeres, agachados sobre la tierra sembrando esos tubérculos, luego recogidos en un cuenco. Pensé que serían doblemente sabrosas después de haberlas pintado Van Gogh, pero además en Holanda estaban Rembrandt y Vermeer de Delft. Al llegar a Francia, entrando por Niza, en el paseo de los Ingleses vi a muchas abuelitas con un perro lulú, a jubilados cuyo cuerpo se prolongaba en la correa de un afgano, caballeros solitarios con la mandíbula violácea hecha a sorber muchas ostras que iban tirados por un mastín frente a la comba azul de la bahía. Si en ese momento me hubieran preguntado qué me gustaría ser, habría contestado: no estaría nada mal ser un caniche en brazos de una mujer madura en Niza y que me sentara a la mesa del restaurante Le Chantecler del hotel Negresco para saber que en Francia la auténtica sabiduría culinaria está en la literatura de la carta y no en el plato. Y además en Francia estaban el impresionismo de Monet, el fauvismo de Matisse y Alphaville, de Godard.






