Ningún socio de la UE ha avanzado tanto en lo económico, demográfico y social tras la adhesión, ni siquiera los que recibieron una ayuda similar a la de España

Europa fue el aliciente, el acicate y la recompensa de la tremenda transformación social, económica, política e institucional que vivió España tras el fin de la dictadura franquista. Pero el gran protagonista de esa revolución no fue Europa, sino España, cuya voluntad de cambio logró corregir al poeta Gil de Biedma. Por una vez, la historia de España terminó bien y dejó de ser “de todas las historias de la Historia la más triste sin du...

da” porque casi siempre terminaba mal.

El electorado español, tan pronto como recuperó el derecho de voto tras la muerte de Francisco Franco, se pronunció una y otra vez de forma abrumadora a favor del rumbo democrático y europeo. Retomó el futuro que se le había escamoteado con una guerra civil de la que se desentendieron las democracias europeas y con una posguerra dictatorial tutelada por EE UU.

El referéndum de 1976 para la reforma política salió adelante con 16,5 millones de votos a favor y menos de medio millón en contra. El de 1978 sobre la Constitución, que confirmaba claramente la senda hacia una democracia europea, con 15,7 millones a favor y algo menos de millón y medio en contra. Abrumadores resultados difíciles de repetir hoy, pero que generaron un capital político tan ingente a favor de la transformación de España que facilitaron el éxito de la integración en Europa contra viento y marea.