La incorporación de España a las democracias más prósperas del mundo en 1986 cobra mayor significado ante las amenazas actuales
Este primero de enero se han cumplido 40 años desde la entrada efectiva de España en la Europa comunitaria y merece la pena detenerse a señalar el éxito absoluto que supuso aquella operación, no siempre suficientemente valorada. Un éxito tanto para España y Portugal, que accedieron juntas a la entonces llamada Comunidad Económica Europea (CEE), como para el propio club comunitario. España se inte...
gró entonces en el espacio económico y geopolítico más democrático del mundo. Rompía así el lastre de siglos en declive y reencontraba un espacio en el que había venido arrastrando un papel meramente residual y que ofrecía enormes palancas desde las que organizar colectivamente, junto a sus vecinos, su presente y futuro en un mundo lleno de dificultades.
Acabados los Pirineos como frontera física y mental, en ese momento Europa cristalizaba como el espacio de solución a los problemas irresueltos de España. El primero, su persistente historial autocrático. Por eso, la transición democrática a partir de 1977 y la incorporación a Europa en 1986 son dos caras de una misma moneda: así lo buscaron, con acierto, las fuerzas de oposición a la dictadura. La principal seña de identidad de esa doble apuesta fue el consenso, una verdadera e insólita unanimidad, que absorbió las innegables dificultades del proceso.






