Cremosa, dulce, un poco picante, suele acompañar al pollo pero tiene otros muchos usos. Y es fácil de preparar en casa
Una de las salsas más comunes en Perú es el ají de pollería (no confundir con ají de gallina). El nivel de importancia se hace evidente cuando la puedes encontrar tanto en las cartas de los restaurantes más tradicionales, como en cadenas de comida rápida. Su éxito se debe a que es una salsa que pega con todo. Es cremosa, algo dulzona, poco picante y con un punto lácteo que rebaja muy bien la potencia del pimiento y recuerda a la huancaína, otro clásico de la cocina peruana.
Se sirve tradicionalmente con el pollo al carbón, pero funciona de maravilla con patatas, verduras asadas, en bocadillos y sándwiches, arroz blanco, huevos cocidos o incluso atún de lata. Es muy fácil prepararla en casa, lo más difícil es conseguir los ingredientes. Es posible que encuentres ají amarillo fresco en alguna tienda de verduras especializada, pero lo más sencillo es que lo compres congelado o, en su defecto, en pasta. En tiendas de alimentación latinas es un producto muy común.
El otro ingrediente que va a ser muy complicado encontrar son las hojas de huacatay, una hierba aromática que crece en Perú y en algunas zonas altas de Ecuador y Bolivia. Como aquí es prácticamente imposible de conseguir, puedes obviarla o hacer una mezcla de cilantro, perejil o albahaca y menta, que no es lo mismo pero es lo que más se le parece. He usado la salsa para napar unos contramuslos de pollo hechos a la plancha acompañados de unas verduras al horno y la combinación no ha podido ser mejor.






