Reconocer la clase trabajadora es el primer paso para que la representación política vuelva a tener anclaje en la realidad social

Un bar cercano a mi casa colgó hace un tiempo un cartel en la puerta: “Se necesita trabajador/a con papeles”. Los cerca de 150.000 inmigrantes que se calcula podrán acceder en Cataluña a la regularización impulsada por el Gobierno probablemente contribuirán a cubrir esa necesidad. Después, pasarán a formar ...

parte de ese paisaje laboral fragmentado, heterogéneo e invisibilizado que caracteriza al mercado de trabajo actual. De ahí la sensación, tan extendida, de que la clase obrera ha desaparecido.

No es así. Lo que ha ocurrido es que el obrero industrial clásico en nuestro imaginario —el de la mina, la fábrica o la siderurgia— ha dejado de ser la figura dominante. El predominio del sector servicios, de la logística, de los cuidados y de las plataformas digitales ha transformado profundamente el trabajo. De una alta homogeneidad ocupacional y cultural hemos pasado a un mosaico de situaciones laborales: personas asalariadas, falsas autónomas, freelances, becarias, temporales. El trabajo se ha fragmentado, externalizado y dispersado. También se ha debilitado la identidad laboral, que en muchos casos es hoy frágil o incluso negativa. La precariedad dificulta la identificación de los obstáculos estructurales y, con ello, la posibilidad de un “nosotros” compartido.