Los autocares grises de Avant paran en la rotonda y escupen a los trabajadores sin demora, como en un desembarco. Uno, dos, tres, cuatro, cinco... Los obreros aún llevan puesto el chaleco naranja y el casco amarillo. Sus caras reflejan cansancio, pero su paso es firme. Algunos se escapan un momento a Mercadona, pero la mayoría se encamina al hotel, que pronto será la hora de cenar y hay que darse una ducha y hablar con la familia que está lejos y relajarse un rato, que mañana hay que volver a madrugar, para que esos mismos autocares grises que ha puesto a su servicio la empresa Limak pasen a recogerles a las siete de la mañana y les conduzcan de Calella (Barcelona) hasta el Camp Nou.
Más de 700 de los más de 2.000 trabajadores que están reformando con sudor y madrugones el nuevo estadio del FC Barcelona se alojan en hoteles de Calella. Algunos llevan más de un año en esta ciudad situada 50 kilómetros al norte de Barcelona donde predominan el turismo de sol, playa y ocio nocturno. En verano, su población se duplica: de 20.000 a 40.000 residentes. Desde hace unos meses, la presencia de estos trabajadores se ha convertido en un dolor de cabeza para el Ayuntamiento: primero, por problemas de incivismo y seguridad ya superados; y ahora, por la voluntad de la empresa de empadronarlos en los hoteles.






