Picaresca comercial, libertad de consumo mal entendida y cierto desdén de pescaderos, cocineros y ‘gourmets’ amenazan este tesoro marino en peligro de extinción

El forcejeo en torno a la conveniencia o no de consumir la anguila europea y su alevín, las codiciadas angulas —incluidas en la Lista Roja de la Unión Internacional para la Conservación de la Naturaleza como especie en peligro crítico de extinción—, ha destapado los entresijos de un problema que reproduce, de...

manera recurrente, muchos de los reactivos que se activan cada vez que una cuestión incómoda sale a la luz. Desde las tretas de determinados comercializadores que llevan décadas capitalizando el flujo de angulas a escala europea, instrumentalizando al angulero tradicional como coartada moral, hasta los relatos de villas marineras sobre el lucro sumergido del furtivismo, pasando por la inoperancia de quienes legislan sin lograr frenar la desaparición de la especie, sometidos a las presiones del lobby de la anguila, que mantiene contactos con eurodiputados y borra mensajes de felicitación cuando advierte que estos delatan la efectividad de su influencia.

Cuando la evidencia de los datos resulta inconveniente, el debate técnico se sustituye por una batalla de opiniones como maniobra de victimización: “Es un ataque al sector”, “es criminalizar al consumidor”, “es la dictadura de la sostenibilidad”. Se rehúyen así dos ideas fundamentales: la primera, que los científicos no manejan opiniones, sino datos objetivos y cuantificables; la segunda, que una tradición que depende de la desaparición de su propio recurso es una tradición inviable. A su vez, la controversia sobre la conveniencia de seguir capturando y consumiendo un pescado al borde de la extinción ha desenmascarado una realidad incómoda: muchos restaurantes denominados “de producto” no solo no han salido en defensa de este tesoro biológico, sino que han seguido vendiendo angulas, dejando claro que su interés no es preservarlo, sino lucrarse con él.