Tras el ‘cuelga tú; no, tú’, llegó el día del partido y el portugués restregó su victoria ante el banquillo blanco

Tienen los principios de la Champions algo del espíritu de la Copa del Rey, esa mezcla de grandes y pequeños con la posibilidad de resultados inesperados, aunque la sorpresa en este caso solo es regalo cuando el que observa el partido no siente la presión de la bufanda del equipo que se la está jugando. La semana dejó sustos de diferente tamaño y desenlace: el Atlético de Madrid cayó ante el noruego Bodo Glimt —“modesto, pero bonito de ver”, escribió Ladislao J. Moñino en su crónica—; el Barça empezó perdiendo contra el Copenhague, llegó al minuto 59 con el empate y marcó tres goles en 25 minutos; el Madrid perdió ante el Benfica (4-2), incluyendo un cabezazo fenomenal en el minuto 97 del portero Trubin, que salió escopetado de su casa en el descuento para tomar la última frente a Courtois.

Hay dos formas de ver el fútbol: una para los aficionados con carné y otra donde no se sufre y solo cabe relajarse y disfrutar porque no es tu equipo —ni el enemigo de tu equipo— el que tiene que clasificarse. La primera puede amargarte o resolverte la semana; Con la segunda se puede aplaudir sin remordimientos la osadía con premio de un portero que va a rematar de cabeza a la portería contraria en la última jugada; celebrar la proeza de que un club de segunda división y procedente de una ciudad de 175.400 habitantes elimine al de la capital de los 3,5 millones, o que los periodistas extranjeros tengan que ir a buscar Soria en el mapa para explicar que 11 jugadores del Numancia han dejado pajarito al Barça de Johan Cruyff. Es decir, asistir, sin cargas ni compromisos, a un espectáculo que, efectivamente, a veces, es, simplemente, bonito de ver.