El técnico es un hombre de la casa, enamorado de la singularidad blanca y perfectamente consciente de que en el Madrid la revolución consiste, casi siempre, en no estorbar
Con un 2-8 en la eliminatoria contra el PSG y a cinco minutos del final, Liam Rosenior, entrenador del Chelsea, reclamó la presencia de su jugador Alejandro Garnacho en la banda y le entregó una nota de papel, se entiende que con algún tipo de instrucción táctica para el tiempo restante. Por la cara que puso el argentino mientras leía la misiva bien podría ser cualquier otra cosa: desde un ejercicio para practicar...
la conjugación de los verbos en latín hasta un problema matemático, una teoría poco probable, pero verosímil en alguien que desprende más aura de catedrático que de entrenador. “100% analítico, 0% pasional”, debería decir en su próxima carta de presentación que, de seguir con esta línea de juego y resultados, deberá comenzar a redactar más pronto que tarde.
Salvando todas las distancias, que son muchas, ese era el tipo de entrenador al que aspiraba la dirección deportiva del Real Madrid cuando contrató a Xabi Alonso el pasado verano: un técnico joven, de la nueva escuela, progresista en lo táctico, metódico, valiente y con la personalidad suficiente para poner cierto orden en un vestuario plagado de estrellas ingobernables. Pronto se torció la fantasía. En el corazón del Madrid se manejan unos códigos que a ojos del mundo pueden parecer absurdos, injustos, anacrónicos, pero que funcionan. Nada que el propio Xabi no conociera de primera mano, inquilino de esas cuatro paredes en tiempos donde la medida del ego te la proporcionaba el número de diamantes que podía llegar a lucir Cristiano Ronaldo en su bolso de mano. Pero lo habían traído para romper la rueda y en menos de seis meses fue la rueda la que le pasó por encima sin molestarse en explicarle por qué.






