El murciano asegura que la gente no sabe “todo el trabajo” que hace y a pesar de haber logrado ya su objetivo prioritario para 2026, anticipa que irá a por más

Nadie diría, ni por asomo, que Carlos Alcaraz está a punto de saltar a la central de Melbourne para darle un gigantesco bocado a la historia. Unos tiemblan, otros intentan distraerse como sea, no pensar. Él bailotea y silba. Se parte de risa encima de la bicicleta mientras pedalea para que las piernas entren en calor. Y previamente, en la intimidad de la segunda pista del recinto, el ...

número uno y campeón por primera vez en Australia peloteaba con Diego Schwartzman como quien va a jugar un partidillo en una cancha pública o un club cualquiera. “¡Eh, tú! Calma, ¿eh? ¡Tranquilito!”, le dice con guasa al extenista argentino.

Alcaraz llevaba este último éxito en su cabeza a fuego lento, desde que empezó a pulirse durante la pretemporada en la Real Sociedad Club de Campo de El Palmar. Lo proyectaba, lo imaginaba y ya tiene lo que tanto quería: Australia, el lazo. El dorado Grand Slam —solo nueve tenistas pueden decirle, únicamente cinco en la Era Abierta (1968)— y el ser el más joven en, por enésima vez. Ante los periodistas, como es tradición en Melbourne, levanta la copa de champán y brinda con todos: Cheers! (¡Salud!). Se le nota cansado por la tralla de estas dos semanas, pero todavía tiene fuerzas para emitir un par de mensajes contundentes.