La regularización de cientos de miles de extranjeros honra al Gobierno y a la gran mayoría de los españoles
La inmigración es un fenómeno universal en el espacio y en el tiempo; de hecho, sin los movimientos migratorios, la humanidad, sencillamente, no podría haberse desarrollado. Eduardo Galeano lo expresa de forma bellísima en su Espejos: “En África empezó el viaje humano en el mundo. Los diversos caminos fundaron los diversos destinos, y el sol se ocupó del reparto de los colores. Somos todos africanos emigrados, hasta los blancos blanquísimos [incluido Santiago Abascal] vienen del África”.
El arte del buen gobierno consiste en adoptar decisiones, si no fáciles, sí indispensables para nuestro desarrollo económico y social y para expresar los valores humanitarios a que aspira toda sociedad bien construida.
Hasta 2005, el proceso migratorio fue desordenado en España. Todos los intentos de regularización (ocho desde 1986 a 2005) fueron por detrás de la realidad. Todo se enfocaba desde la vertiente del orden público y la seguridad, sin apreciar aspectos económicos (laborales) y sociales. Por eso, el Gobierno del que formé parte abordó un proceso de normalización que permitió aflorar cerca de un millón de empleos (entre inmigrantes y nacionales), fruto no de una decisión gubernamental sino del diálogo social, donde empresarios y sindicatos acordaron sus líneas maestras.








