El murciano mantiene su progresión e irrumpirá por primera vez en las semifinales de Melbourne, sin haber cedido un set: “Yo juego por los míos, no por el qué dirán”
Quizá imbuido de esos poderes sobrenaturales de Eleven (Once), la protagonista de la serie a la que le saca chispas durante estos días australianos, Stranger Things, Carlos Alcaraz sigue haciendo un regalo de cada partido que juega y superándose en dirección al lugar pretendido; ni más ni menos que esa mesa histórica que comparten los tres gigantes —Novak Djokovic, Rafael Nadal y Roger Federer, en orden de grandes títulos— y en la que él, tenista único, compendio de todo lo bueno, aspira a sentarse el día de mañana. Derrotado, precisa Alex de Miñaur: “Está muy claro por qué Carlos es el número uno…”.
Y así es, porque ya sea en su versión más apabullante —para elegir, según gustos; tantas como trofeos ha ganado—, la más redonda —indiscutiblemente, la del US Open del año pasado—, la más épica —esas tres pelotas de partido sorteadas ante Jannik Sinner en el último Roland Garros— o esta tan seria, tan fiable y tan jerárquica de Melbourne, en la que los rivales que hasta ahora han salido al cruce no han dejado de parecer elementos de atrezzo necesarios para el conjunto del espectáculo, el español continúa superándose. Lo dice Mats Wilander: “Es increíble que después de los tres colosos, tengamos la suerte de que esté él”.









