La reconstrucción del proceso de dos familias de migrantes de Perú y Colombia desde que aterrizaron de manera irregular en Madrid hace dos años hasta el anuncio del Gobierno
Pamela (nombre ficticio) toma un café manchado en una terraza de Prosperidad, en Madrid, y contesta sin parar con notas de voz a sus familiares. La última vez que fue entrevistada por este diario fue a solo unas calles de ahí, mientras mostraba el lugar donde vivía con su marido: un zulo sin ventanas ni apenas oxígeno, donde ni siquiera podía ponerse de pie, un bar convertido en vivienda donde sobrevivían seis personas a cambio de unos 1.800 euros. Han pasado casi dos años desde que salieran de Bogotá (Colombia), ella unos cuantos más desde que lo hiciera desde Caracas (Venezuela). Aunque si se para a pensarlo, siente que más bien ha pasado una vida. “¿De verdad es cierto eso que dicen las noticias?“, pregunta.
A 10 minutos de ahí, Diana —también nombre ficticio— sale de trabajar de un restaurante en el barrio de la Concepción. Acaba de cumplir 22 años, cuando voló de Lima (Perú) a Madrid en diciembre de 2022 con su abuela, su madre y sus dos hermanas pequeñas, y acabó en un sótano de 40 metros con 20 personas, ni siquiera podía imaginarse bajo un techo, ahora estudia Derecho por las tardes. Las dos acaban de enterarse de una regularización extraordinaria del Gobierno a migrantes como ellas. Y como cualquiera en su situación, piensan dos veces antes de alegrarse: quienes viven en las sombras no están acostumbrados a las buenas noticias.







