El portero alemán, con el Mundial a la vista, necesitaba un equipo en el que jugar sin perder cercanía con sus hijos

Hay una escena que se repetía: un niño salía del colegio y en la puerta lo esperaba su abuelo. Llevaba un pastelito, el mismo de siempre, comprado en la pastelería de siempre, en el barrio de Rheydt, al sur de Mönchengladbach. El viaje hasta donde entrenaba la cantera del Borussia duraba cerca de 10 minutos. Así eran las tardes entre Marc-André Ter Stegen y su abuelo, Opa, como lo llama. “Me llevaba a los entrenamientos, en los días soleados y también en los m...

ás duros. Nunca falló. Él fue mi figura paterna: siempre discreto, sin hacer ruido… pero presente, constante, cariñoso. Y para mí, ese fue el camino correcto”, recuerda el portero alemán.

La unión entre ambos siempre fue emocional, nunca económica. De hecho, cuando lo visitaba en Barcelona, su abuelo buscaba el vuelo de línea más barato. Se lo pagaba él. El abuelo de Ter Stegen estuvo presente durante toda su infancia y siguió acompañándolo en la etapa adulta. También ejerció de puente en la adolescencia, una etapa clave para los futbolistas jóvenes. “Mi abuelo, mi madre y mi padrastro estuvieron muy pendientes cuando tuve que elegir al representante correcto. Tenía 15 años. No podía tomar una decisión así”.