Una decisión deportiva más que razonable se ha convertido en un contencioso institucional muy feo por la soberbia de un portero que hasta ayer había sido también capitán y por la mala praxis de una directiva acostumbrada a vivir permanentemente en conflicto y acostumbrada a las situaciones límite como es la del Barcelona. El equipo necesitaba un portero por los goles encajados la pasada temporada (72) y por las lesiones de Ter Stegen (cinco en los últimos cinco años) que en enero ya obligaron precisamente a contratar a un jubilado como Szczesny. El fichaje de Joan García se presentó como una solución estupenda a nivel deportivo y económico (la cláusula de rescisión era de 25 millones) porque había sido el mejor arquero de la Liga con el Espanyol.
El proceso habría sido impecable si el club hubiera inscrito a Joan García sin utilizar a Ter Stegen, de manera que el alemán ya avisaría cuando se sintiera repuesto de su última operación, igual que fue capaz de anunciar su tiempo de recuperación antes de pasar por el quirófano sin contar con los servicios médicos, y entonces sería el entrenador el que decidiría sobre su alineación o convocatoria como miembro de la plantilla del Barça. El problema es que el club no cumple con las normas del fair play financiero y Ter Stegen ya sabe desde hace días que Flick apuesta como titular por Joan García de la misma manera que en abril dio continuidad a Szczesny cuando el capitán informó de que estaba curado de su penúltima dolencia y quería ser titular ante el Inter.










