El comandante en jefe de la Patrulla Fronteriza disfruta de la imagen de ‘tipo duro’ que le ha hecho ganarse el favor del presidente
Decenas de agentes, con el rostro cubierto incluso debajo de sus máscaras de gas, chalecos antibalas y equipo antidisturbios, se alinearon frente al edificio federal de Minneapolis donde el Gobierno de Donald Trump mantiene desde hace semanas la base central de su intenso operativo migratorio en la ciudad. Al otro lado de la calle helada, un grupo de manifestantes les insultaba. Entre los oficiales emergió la figura de Gregory Bovino. Llevaba un abrigo largo, de doble botonadura y color verde militar, y una bufanda a juego para protegerse de las temperaturas bajo cero. En cada hombro, dos parches amarillos lo identificaban como agente de la Patrulla Fronteriza de Estados Unidos. Escaneó con sus ojos a la multitud de lado a lado, susurró unas pocas palabras y volvió a desaparecer entre los agentes. Segundos después, estos cargaron contra los manifestantes con gases lacrimógenos y gas pimienta.
Nada nuevo en las operaciones que Bovino, de 55 años, ha dirigido contra la inmigración en los últimos meses en varias ciudades de Estados Unidos y que le han valido críticas, demandas judiciales y el beneplácito del presidente, Donald Trump. Su ascenso al cargo de comandante en jefe de la Patrulla Fronteriza, como le denominó la secretaria de Seguridad Nacional, Kristi Noem, fue en paralelo al descontento de Trump con el ritmo de las expulsiones de migrantes, insuficiente para lograr su objetivo de ejecutar la “mayor deportación de la historia”. El republicano criticó al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) por no realizar más detenciones y, para remediarlo, el pasado junio recurrió a Bovino, defensor de tácticas más agresivas, que ha estado presente en los principales escenarios de confrontación.













