El caos en Cataluña, que ha obligado desde el martes a 400.000 usuarios a buscar alternativas de transporte por su cuenta, pone de manifiesto la degradación de la red de Cercanías por la falta histórica de inversiones

Todo empieza el martes 20 de enero. A las tres de la tarde de ese día, la estación de Renfe de la plaza de Catalunya de Barcelona está abarrotada. El temporal no cesa y decenas de trabajadores bajan casi corriendo las escaleras por miedo a quedarse sin tren para volver a casa. Un usuario advierte los avisos lanzados por megafonía sobre los retrasos en la línea 3 de Rodalies, la R3. “¿La línea de Blanes funciona?”, pregunta a un trabajador de Renfe antes de validar el billete. “Sí, sí, la R1 sí”, le responde. En la siguiente media hora, pasan tres convoyes consecutivos de la R3, pero ninguno de la R1 a pesar de que en las pantallas hay anunciado uno para las 15.02. Hasta que ese tren se esfuma de los monitores. Se oyen resoplidos: no es la primera vez que se produce una desaparición repentina de un tren en las pantallas. Pero alrededor de las 15.40 aparece, sin ser anunciado, un ferrocarril que se dirige a Blanes y que, en principio, hará parada en todas las localidades de la comarca costera del Maresme.