En los interiores de Cuenca hay una inusitada concentración de patrimonio y museos (desde arte abstracto a dinosaurios). Al aire libre, esperan paseos por un casco viejo exquisitamente cuidado, rutas naturales por las hoces del Júcar y el Huécar y visitas a yacimientos como el romano de la cercana Noheda
Hay que subir hasta el barrio del Castillo, zona clásica de aperitivo y sol, para llegar a la tirolina de Cuenca. Son 15 minutos desde el parador, un paseo para sacudirse el frío pegajoso de enero. En la plataforma de salida, arnés fijo y casco en cabeza, es fácil creerse en Cabo Cañaveral. Entonces hay que dar un pequeño salto al vacío y abrir los brazos para sentir el viento, recomiendan Cristian y Begoña, sus detallistas y amables responsables. Y vaya si se siente: el cosquilleo de la ingravidez hace que uno se ría solo, jajajá, pero el descenso es plácido, lejos del vértigo de una montaña rusa. Adrenalina para todos los públicos.
Un invento tan moderno —lleva unos tres años en funcionamiento— sirve para abarcar de un vistazo la herencia antigua que hila la urbe. En Cuenca, ciudad-paisaje, la oferta cultural y patrimonial se despliega hacia adentro, en sus edificios, y hacia afuera, entre las hoces del Júcar y el Huécar que la modelan: el Museo de Arte Abstracto Español; infinidad de caminos para hacer senderismo y bici (iluminados de noche); los picos medievales de la catedral y los conventos; las Casas Colgadas, por supuesto; el parador, un convento del siglo XVI que se alza en la cresta del desfiladero del Huécar y reabierto tras siete meses de reforma; los campos donde pastan las ovejas (y las cabras) que dan fama a la región… Todo lo que se ve desde el aire, interiores y exteriores, se puede pasear con toda la calma del mundo. Es quizá el mayor don de una ciudad que parece encaramada a unos zancos de piedra sobre el agua.






