El exceso de azúcar ya no es una excepción, sino un hábito instalado en la rutina de niños y adolescentes. Cuidar el lenguaje sobre la comida y la compra son claves para mejorar la alimentación
En muchas familias, las chucherías y la bollería industrial no llegan como un plan: se instalan en la rutina. Una bolsa de chuches “por si acaso”, un caramelo o una chocolatina para acortar la espera o para calmar una rabieta son gestos habituales, dicen pediatras y psicólogos. Los dulces dejan de ser un capricho y se convierten en un recurso doméstico: rápido, barato, disponible y, sob...
re todo, eficaz a corto plazo. Según el pediatra y nutricionista Carlos Casabona, el consumo de dulces no solo se da en los cumpleaños, celebraciones o días especiales: “Hablamos del goteo diario. Basta con mirar cualquier día las papeleras de colegios e institutos, llenas de envases de bollería, briks de bebidas azucaradas y latas de bebidas estimulantes mal llamadas energéticas”. ¿Cómo se gestiona ese exceso de dulces en casa sin convertirlo en un tabú? ¿Cómo salvar desayunos y meriendas sin caer, por inercia, en ultraprocesados y bollería industrial?
El también autor de Tú eliges lo que comes (Paidós, 2016) considera que el exceso de azúcar y el consumo de productos ultraprocesados se ha convertido en habitual porque “hemos adoptado un patrón de fiesta continua cada fin de semana”. Y pone números al hábito: “Si para muchas familias el fin de semana empieza el viernes al mediodía, eso equivale a 130 días de barra libre de alimentos festivos —como él denomina a lo que se debería consumir en días especiales—, con pizzas cargadas de queso y embutidos, bebidas azucaradas, helados, bollería y comidas fuera de casa en las que no se pedirán judías verdes ni se tomará fruta de postre”. “Esto supone algo más de un tercio de los días de nuestra vida comiendo sin pensar en nuestra salud”, resume.






