El exalcalde de Madrid gobernó con austeridad y transparencia cuando esas palabras no eran eslóganes de campaña, sino principios reales
Cuando se cumplen cuarenta años del fallecimiento de Enrique Tierno Galván quiero escribir estas líneas desde una profunda convicción personal, la de afirmar que el Viejo Profesor forma parte de ese reducido grupo de figuras políticas cuya estatura no se mide solo por los cargos que ocuparon, sino por la
ta.html" data-link-track-dtm="">huella ética, intelectual y cívica que dejaron en la memoria colectiva.
Tuve el honor y el privilegio de trabajar codo con codo con él en aquellos años de cambio e ilusión en la recuperación del Madrid democrático desde el Ayuntamiento y por eso, traer hoy al presente su memoria no es para mí un ejercicio de nostalgia, sino un honesto acto de afirmación y al mismo tiempo casi una necesidad de orientación política en este tiempo convulso. En estos años de ruido, simplificación, intolerancia y confrontación, Tierno vuelve como una referencia imprescindible.
Siempre me ha interesado de Don Enrique ―como le llamábamos con respeto ― esa combinación poco frecuente entre pensamiento riguroso y voluntad de intervención práctica, porque fue ante todo un intelectual en el sentido más amplio del término, alguien que creía que las ideas importan, que el lenguaje no es un adorno, sino una herramienta política de primer orden, y que la cultura constituye un terreno de demostración de valores tan decisivo como el económico o el institucional. En su trayectoria, la palabra no aparece nunca separada de la responsabilidad. Pensar era ya una forma de actuar, y actuar sin pensar le parecía una claudicación moral.






