Socarrón y descreído, hedonista y buen conversador, representó esa figura hoy tan en desuso del intelectual que se dedica a la política

Ricard Pérez Casado solía citar en sus intervenciones públicas un proverbio medieval alemán que señala que “el aire de la ciudad nos hará libres”. Aquella frase, que significaba que un siervo podía obtener su libertad viviendo un año y un día en la ciudad, revelaba el amor del que fuera alcalde de Valencia (1979-1988) por la democracia, por la justicia y por el espacio urbano como lugar de encuentro y de emancipación social. Valenciano socarrón y descreído, hedonista y buen conversador, Pérez Casado representó esa figura hoy tan en desuso del intelectual que se dedica a la política, del ilustrado que aspira no sólo a teorizar sobre la sociedad sino a transformar la realidad. No en vano el político que más admiraba Ricard era Manuel Azaña, cuya obra conocía a fondo este socialista fallecido el pasado lunes a los 80 años.

A lo largo de una trayectoria política de más de medio siglo, jalonada con la publicación de ensayos sobre urbanismo, economía o relaciones internacionales, su campo de actuación abarcó mucho más allá de Valencia desde una perspectiva mediterránea y europeísta. De criterio independiente y rebelde, verso libre y brillante en un PSOE dominado siempre por mediocres aparatos, fue el primer alcalde socialista que dimitió en España, en 1988, tras denunciar corrupción en su partido y comprobar que la dirección se ponía de perfil. En sus memorias, Viaje de ida, publicadas por la Universitat de València en 2013, Pérez Casado saldó cuentas sin acritud con aquellos que lo marginaron desde su propio partido o lo despreciaron desde los sectores conservadores de la ciudad de Valencia. “En mi caso”, escribió, “desprovisto de rencores no hay olvido, porque los hechos, la realidad en el tiempo y la razón son obstinados”.