El político socialista siempre trabajaba sin alardes, sin protagonismo, con una vocación inequívoca de consenso
Ha fallecido Francisco Fernández Marugán y, con él, se va una forma de hacer política que hoy se echa profundamente de menos. Una política silenciosa, paciente, basada en la palabra dada, en la negociación discreta y en la convicción de que los acuerdos amplios no son una concesión, sino una obligación moral con el interés general. Hacer política para la sociedad, en definitiva.
Conocí a Paco a principios de los años noventa, en el Congreso de los Diputados, en aquellos tiempos en los que la política española se construía muchas veces lejos de los focos, entre conversaciones largas, papeles subrayados y cafés que se alargaban hasta la madrugada. Formaba parte de ese PSOE de Alfonso Guerra, Txiki Benegas o Salvador Clotas, entre otros. Entonces ya destacaba por algo que nunca perdió: su capacidad para escuchar, para entender la posición del otro y para tejer complicidades incluso entre quienes parecían condenados al desacuerdo. Siempre estaba allí cuando hacía falta. Siempre.
Tuve una relación personal excelente con Paco. Noble, afable, con sentido del humor. Hicimos buenas migas y mucho trabajo juntamente con Teresa Cunillera, Vicente Martínez Pujalte, Josep Antoni Duran i Lleida y yo mismo. Personas y planteamientos a menudo diametralmente opuestos, pero jamás hubo un no a dialogar o a intercambiar propuestas.






