Cerdanyola del Vallès se resiste a perder esta urbanización de alto poder adquisitivo, mientras Sant Cugat abre los brazos a los vecinos que han solicitado un cambio de municipio

La vida en la elegante urbanización de Bellaterra pasa tranquila. Los pocos que pasean un jueves por la mañana, muchos de fuera, lo hacen en la plaza del Pi, que concentra los escasos comercios: un supermercado, una peluquería, una entidad bancaria, una farmacia o una inmobiliaria con una oferta de casas que no bajan del millón de euros. Pero la placidez que se respira es solo aparente. “La situación es muy tensa”, comenta una trabajadora, no residente, de un comercio. La propuesta impulsada por ...

una comisión vecinal para que Bellaterra —a unos 20 kilómetros de Barcelona y plagada de torres con piscina— deje de pertenecer a Cerdanyola del Vallès y se integre en la vecina Sant Cugat del Vallès, con mayor nivel de renta, despierta opiniones enfrentadas entre los vecinos y las formaciones políticas.

Durante su cita en la peluquería, Ana María, de 80 años, defiende enérgicamente la iniciativa: “El cambio es urgente. Hace 40 años que vivo aquí y ves agujeros en la calle o los cables de la electricidad colgando. Y para ir a Cerdanyola el bus casi hace un tour por toda Cataluña. Cerdanyola nos tiene abandonados”. A su lado, María (nombre ficticio) añade otros agravios: “Tenemos recogida de basura puerta a puerta y a veces no pasan, así que me la llevo para tirarla en Cerdanyola para que no la cojan los jabalíes. Y si tengo que pasear o alguna actividad de ocio voy a Sant Cugat, Cerdanyola es un pueblo muerto, no tiene nada”.