Ignacio Garriga llega el pasado 16 de julio a la plaça de la vila de Polinyà, un municipio de Barcelona de 20.000 habitantes rodeado por una muralla de naves industriales, cuando el sol aún cae a plomo sobre el asfalto. Va demasiado arreglado para este calor (camisa blanca, jeans ceñidos, mocasines de piel marrón oscuro), pero es verdad que tampoco va a estar ahí mucho rato. Antes de saludar a los militantes locales y de someterse a una ronda de selfies con una sonrisa tan impecable como su ropa, el líder de Vox en Cataluña aplaude la valentía del pueblo de Polinyà, puesto en pie frente al “terror”. Le escuchan menos de un centenar de personas.

Garriga aterriza en Polinyà tres días después de unos incidentes ocurridos durante la fiesta mayor. Lo que pasó, según los atestados policiales, es que medio centenar de personas increparon y trataron de agredir a unos jóvenes que habían cometido robos con violencia. Ocurrió la noche del viernes, tras el espectáculo de humor No somos Estopa, de David Fernández y José Corbacho, y también la del domingo; en ambos casos, la policía detuvo a los ladrones y contuvo, aunque con dificultades, el ímpetu de revancha de los vecinos. Para el diputado de Vox, lo acontecido fue una suerte de levantamiento popular para frenar a “un grupo de marroquíes que sembraron el terror en las calles”. Los detenidos, aunque de origen magrebí, son españoles.