Alrededor de unos cafés con leche y unas tostadas de tomate con atún, un grupo de amigas jubiladas de Jumilla comenta con bochorno el motivo por el cual se ha hecho de repente famoso su pueblo. Ni la feria del vino, ni la Virgen de la Asunción, ni los 10 días en los que las calles del municipio murciano se engalanan ya de fiesta en vísperas de la vendimia que llevan todo el año esperando. Resulta que, según han visto en las noticias, ha sido aquí y en ningún otro sitio más de España donde su alcaldesa ha prohibido a los musulmanes rezar en un polideportivo. Y ellas, como muchos vecinos, no entienden nada.
Ni siquiera recuerdan cuándo fue la última vez que supieron del rezo de unos 1.500 musulmanes que viven y trabajan en el municipio. Fue en junio, en la Fiesta del Cordero, cuando se juntaron para orar de siete a nueve de la mañana en uno de los campos de fútbol del macroespacio deportivo a un kilómetro de ahí. Un recinto que les fue cedido, a cambio de una batería de medidas de seguridad, ambulancia, el pago de unas tasas y el sello del Ayuntamiento. Una de ellas cae, después de un rato, en que alguna vez los ha visto bajar la cuesta: “Pero vamos a ver, ¿en serio tanto escándalo por eso?“. Las demás se encogen de hombros.






