Pongamos que Vox saliese en defensa del nacionalismo catalán. Algo parecido ocurrió hace unos días. Una heladería argentina de Barcelona fue vandalizada después de que un consejero de distrito de ERC acusase a un dependiente de haber discriminado a una clienta por hablar en catalán. La polémica acabó estallando en las redes sociales: un joven latinoamericano, visiblemente harto, pidió que se les deje de molestar con el idioma, porque en breve ellos serán mayoría frente a los autóctonos. Sus palabras fueron replicadas por el diputado de Vox Carlos Hernández Quero, quien lo acusó de hacer “apología de la sustitución demográfica”. El mensaje de Quero, aplaudido por ciertos tuiteros independentistas, desapareció misteriosamente al cabo de un rato, y el muchacho latino también se disculpó.
Así que la polémica podría haber quedado en un encontronazo cargado de bilis, si no fuese por la enorme carga política que hay detrás. La teoría del “gran reemplazo”, según la cual los migrantes acabarán sustituyendo a la población europea, es un pilar del nativismo blanco que promueve la extrema derecha en Europa. El problema para Vox es que esa retórica tan macabra se le ha vuelto en contra como un bumerán.






