La plantilla que aplica Trump no se interesa por la democracia, sino por el petróleo y la estabilidad, aun a costa de garantizar la continuidad del régimen enemigo a cambio de someterlo a tutela

No todas las transiciones conducen a la democracia. Muchas van de una dictadura a otra dictadura. Así sucedió en Irán en 1979. Allí, el shah Mohamed Reza Pahlevi, autócrata laico y corrupto protegido por Estados Unidos y amigo de Israel, fue sustituido por el ayatola Ruhollah Jomeini, otro autócrata, este religioso y al principio limpio de corrupción, pero enemigo jurado de Estados Unidos e Israel. Fue una transición accidentada y sangrienta, es decir, una revolución, que engendró un régimen peor que el derrocado. Pero ahora Irán se enfrenta a otra transición de signo contrario, con la pavorosa duda de si conducirá a una guerra civil, otra dictadura siniestra como las precedentes o al régimen pluralista y democrático que merecen y quieren los iraníes.

La historia no admite modelos. No los hay sobre todo para las transiciones a la democracia. Y si existen, nadie los aplica. Ni siquiera están al orden del día los iniciales derrocamientos o cambios de régimen, patrocinados por Estados Unidos durante una larga etapa y descartados tras sus fracasos en Irak y Afganistán ni tampoco aquellas promesas de democratización por la fuerza militar formuladas por George W. Bush. Al contrario, la plantilla que aplica Donald Trump no se interesa por la democracia, sino por el petróleo y la estabilidad, aun a costa de garantizar la continuidad del régimen enemigo a cambio de someterlo a tutela.