La situación venezolana nos ayuda a entender lo incierto y complejo y largo y precario y peligroso que es el camino hacia la democracia
Todas las democracias se parecen, pero cada dictadura lo es a su manera. Por eso vale más ser cauto en las predicciones sobre Venezuela, a la que Marco Rubio ha deseado la senda de España, y vencer la tentación historicista de adivinar el futuro escrutando modelos previos, como si una ley inevitable rigiera el destino de las naciones. Lo que sucedió en España no sirve para anticipar lo que pasará en Venezuela, pero lo que está pasando en Venezuela sí puede servirnos para entender mejor lo que pasó en España.
En España, el proceso de democratización comenzó tras la muerte del dictador, impulsado desde un sector del propio régimen, y no por la intervención militar de una potencia extranjera. La génesis de una transición marca profundamente su devenir, porque en ese acto fundacional debe hallarse la fuente de legitimidad que sostenga el nuevo sistema. España eligió la reforma, para la que Torcuato Fernández-Miranda inventó una virguería jurídica: la transición como una metamorfosis que permitió a España superar su fase autoritaria y alcanzar la madurez del cuerpo nacional democrático.






