Tras el ataque estadounidense, el país calla y espera. Mientras tanto, se impone la recuperación de la rutina
El lunes 12 de enero, poco más de una semana después de la operación militar estadounidense que arrestó a Nicolás Maduro y estremeció a Caracas, los niños de Venezuela regresaron a la escuela tras el asueto navideño. De lo ocurrido en aquella madrugada irreal del 3 de enero no se habló mucho en las aulas, pero sí ha sido un tema recurrente durante los recreos. Los adolescentes venezolanos ya tienen claro que pueden meterse en problemas por hablar de más: en los últimos meses, varios han sido llevados a la cárcel acusados de terrorismo.
La nueva normalidad en Venezuela encierra una paradoja impuesta por las circunstancias. La captura de Nicolás Maduro, el hombre más poderoso del país, en una operación comando estadounidense digna de un guion de Hollywood, ha provocado asombro en todo el mundo y abierto un capítulo del que se hablará durante décadas. Sin embargo, dentro de Venezuela el acontecimiento queda en suspenso. No es momento de análisis ni de debates sobre responsabilidades: la consigna es el silencio, la cautela y el regreso a las rutinas básicas para garantizar la subsistencia diaria.






