El etiquetado nutricional ayuda a comparar productos similares, pero la transformación de los hábitos alimentarios depende de otras medidas en publicidad, fiscalidad y alimentos frescos

Ir al supermercado, observar cada una de las estanterías y escoger un producto de un lineal. Un movimiento mecánico que repiten millones de personas en el país sin pensarlo demasiado. Desde que el Ministerio de Sanidad anunció el etiquetado nutricional frontal NutriScore en 2018, este semáforo nutricional ha ido ganando un espacio discreto en la decisión de compra, aunque sigue siendo voluntario para las marcas, mientras sigue el debate sobre su utilidad real. ...

España ―como Francia, Bélgica o Alemania― ha apostado por este etiquetado que traduce la composición nutricional de un producto en una escala de colores y letras que va de la A (verde) a la E (rojo). Detrás de esa señal hay un mecanismo que suma puntos positivos y negativos por cada 100 gramos o mililitros. Pero que NutriScore ―que se aplica bajo el Reglamento 1169/2011 del Parlamento Europeo― logre por sí solo transformar rutinas cotidianas es otra historia. En realidad, depende de muchos factores como preferencias, cultura alimentaria o precio, así como de la implementación de otras medidas en publicidad, fiscalidad y alimentos frescos