Entrar en un supermercado a las nueve de la mañana es como asomarse al mecanismo de un reloj. Todo parece funcionar a la perfección. La distribución de alimentos por toda España requiere un gran esfuerzo de logística. Un sistema de tuberías que llega hasta el último rincón con los productos listos para consumir y que, a última hora de la noche, retira los que están caducados o en mal estado. La aspiración y el compromiso de las grandes compañías que controlan el sector —Alcampo, Aldi, Carrefour, Dia, Lidl, Mercadona— es que esos excedentes sean donados a bancos de alimentos, transformados en otros productos o, en última instancia, separados convenientemente para ser reciclados. Un minucioso trabajo de campo alrededor de estos centros revela, sin embargo, que al menos en los últimos tramos de ese gran sistema de tuberías se producen fisuras.

Durante una semana de julio, entre las nueve y media de la noche y la una de la madrugada, han sido revisados 15 cubos de basura en Madrid, situados a las puertas de pequeños supermercados pertenecientes a estas grandes cadenas. El resultado no concuerda, al menos en apariencia, con el discurso de las compañías, que sostienen que su gestión del desperdicio es tan eficaz que solo se desaprovecha menos del 1%.