La ópera prima del chileno Diego Céspedes, entre la tragedia y la comedia, logra momentos de gran belleza de la vida en los márgenes

La misteriosa familia del flamenco transcurre en el desierto de Atacama, al norte de Chile, uno de los paisajes más áridos y hermosos del mundo. Allí, en los márgenes más remotos del país americano, solo viven mineros y una comunidad de travestis y mujeres trans que se hacen llamar como animales exóticos; de ahí, el flamenco del título. ...

Esta atípica familia queer regenta una cantina y en medio de la nada sacan sus plumas, vestidos de lamé y de lentejuelas para actuar para los hombres mientras la enfermedad las acorrala. Son los primeros ochenta, década siguiente al golpe militar de Pinochet, y en el pueblo minero corre un rumor sobre una peste que se contagia con la provocadora mirada de los miembros del clan de la cantina. Segregadas de una sociedad que las expulsa, su condena se ha convertido en un arma de defensa.

La ópera prima de Diego Céspedes (premiada en la sección Una cierta mirada del último Cannes) mezcla elementos del melodrama, la comedia pícara y, sobre todo, del wéstern para construir un espacio metafórico cruzado por la soledad, la violencia, la intemperie del desierto y, por encima de todo, el amor. Este paisaje onírico a veces resulta confuso y, como en el propio desierto, es fácil perderse; pero su belleza visual y su emoción latente permiten avanzar por ella.