Como siempre que un famoso es acusado de maltrato machista, no tardan nada en salir en tromba los defensores del orden establecido

Yo querría no tener que hablar de violencia sexual nunca más, poder escribir sobre cualquier otra cosa y olvidarme de la náusea, el asco infinito que embarga todo mi cuerpo al leer los testimonios de las víctimas. Querría olvidarme de esos autoproclamados señores que de caballeros nunca tuvieron nada, que se comportaron siempre más como depredadores que como seductores, lo que los convierte en impotentes de la verdadera erótica. La gran frustración vital de

-que-se-investiguen-las-acusaciones-de-agresion-sexual-contra-julio-iglesias.html" data-link-track-dtm="">Julio Iglesias será la de haber fracasado estrepitosamente como buen amante porque para follar bien hay que reconocer el deseo de la deseada en tanto que ser humano, hay que prestarle más atención de la que uno presta al propio colgajo hiperactivo. Lo que vemos en las imágenes de estos días, el trato dado a las periodistas, no es sexo sino ejercicio de poder. Sus fervientes defensores quitan importancia hasta a lo que vemos con nuestros propios ojos, profesionales de la comunicación agredidas ante las cámaras, zafándose como pueden de los besos ni deseados ni consentidos. Si esto les hacía a las que lo recibían en los platós en público, ¿por qué deberíamos creer que en privado era más comedido, más respetuoso? Como siempre que un famoso es acusado de maltrato machista, no tardan nada en salir en tromba los defensores del orden establecido. Ponen en duda el testimonio de las víctimas, que mienten siempre, resentidas, envidiosas, interesadas, frías y calculadoras. La maldad intrínseca de la mujer sigue bien viva y más si es pobre y es de uno de esos países paradisíacos que tan bien les vienen a los millonarios colonizadores. ¿Qué ganan ellas enfrentándose a una todopoderosa estrella mundial?