La manera en la que el periodismo aborda los casos de violencia sexual ha cambiado radicalmente en una década y quizás deba dar un paso más
La noticia que se publicó el martes sobre la dimisión de un alto mando policial, después de que un juzgado admitiera la querella de una subordinada que lo acusa del delito de agresión sexual, narra explícitamente una violación. Teresa Revenga escribió al día siguiente para protestar por lo que considera “un relato innecesario”, porque cree que los detalles recogidos en la información “revictimizan a la mujer que ha denunciado, la exponen públicamente y fomentan el morbo”. James Badcock también expresa sus reparos: “No veo la necesidad de contar el cómo de un abuso o agresión sexual. Pienso que basta informar que tal crimen se denuncia, se imputa o se ha demostrado en un juicio”.
La observación de estos lectores es pertinente porque pone el foco en un debate ético y profesional que se mantiene abierto en la Redacción, donde hay periodistas que opinan como ellos y otros que defienden ser explícito en la narración de la violencia sexual para no edulcorar el sufrimiento de las víctimas.
En esta segunda postura se encuentra Isabel Valdés, corresponsal de género de EL PAÍS. “Los detalles, sin entrar en el morbo, son necesarios para la comprensión de lo ocurrido”, afirma. “Cuando no los damos o tratamos los hechos con asepsia y los contamos con un lenguaje frío, estamos blanqueando la violencia, sin mostrar el sufrimiento real que provoca, sin reflejar bien lo que cuentan las mujeres y sin exponer verdaderamente qué es la violencia. Durante años se ha repetido que lo que no se nombra no existe, y es cierto, pero si no se nombra bien, tampoco existe en toda su dimensión”.






