La idealización del vínculo con uno de los progenitores es una etapa normal del desarrollo de los niños entre los tres y los seis años, que se puede complicar por el apego obsesivo de los adultos con el menor
Sigmund Freud, neurólogo austriaco de origen judío y padre del psicoanálisis, identificó por primera vez el deseo de exclusividad de los niños hacia la madre, que vino a denominarse complejo de Edipo. Por su parte, su discípulo y colaborador Carl Gustav Jung, médico psiquiatra, psicólogo y ensayista suizo, también lo reseñó en el caso de las hijas con los padres (síndrome de Electra).
ios.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/mamas-papas/familia/2025-07-09/los-hijos-unicos-son-realmente-mas-solitarios.html" data-link-track-dtm="">Esta forma de vincularse con los progenitores es una realidad y no un mito. “Es habitual en menores de entre tres y seis años de edad y cumple su función en el desarrollo madurativo. Sirve para aprender a tener vínculos sanos en el futuro, que no se basen en la competitividad o la posesividad”, explica Javier Urra, doctor en Psicología y autor del libro Cómo somos realmente (Desclée de Brouwer, 2025).
“Se trata de un sentimiento ambivalente en relación con las figuras parentales, que se desarrolla entre el amor y el odio, el apego y el rechazo, la proximidad y el distanciamiento”, añade el experto. “Hay un momento en que el niño quiere ser muy posesivo y excluir cualquier competencia y por eso se crea ese pulso del menor varón contra su padre y de la pequeña con respecto a su madre”, explica Urra. “No obstante, sería un error tildarlo como patológico, ya que es algo común. Es similar a lo que ocurre en el caso de la ambivalencia de la relación entre hermanos, que se desarrolla entre el cariño y, a veces, la exclusión”, aclara el experto.






