La experta explica que los hijos mayores suelen convertirse en depositarios de las versiones más idealizadas que los padres tienen de sí mismos, los últimos suelen beneficiarse de la mayor flexibilidad emocional de los adultos y los únicos queda permanentemente bajo los focos

La práctica clínica confirma que el orden de nacimiento sí influye en la arquitectura psicológica de un niño, aunque no por razones biológicas, sino simbólicas. El desarrollo emocional está íntimamente ligado a la historia vital de los padres en el momento en que cada hijo llega al mundo. “La familia es el primer escenario psicológico”, explica la psiquiatra infantojuvenil Lucía Torres Jiménez (47 años, Madrid). “

155.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/elpais/2019/04/12/mamas_papas/1555073592_113155.html" data-link-track-dtm="">Cuando pregunto a los padres cómo estaban ellos cuando llegó cada hijo, algunos se incomodan", prosigue la también directora médica de la clínica Tranquilamente en Madrid.

Según Torres, cada bebé nace en una constelación emocional distinta: circunstancias económicas, crisis de pareja, duelos, madurez psicológica, expectativas conscientes e inconscientes: "Todo ello configura un clima afectivo único para cada menor". La llegada del primogénito, según informa, transforma de forma determinante el cerebro de la madre y probablemente también el del padre: “Es un cambio biológico, emocional y social muy profundo”. Que los estudios detecten mayor vulnerabilidad emocional en los primogénitos o se proteja más a los únicos no sorprende a los clínicos. Tampoco a Torres: “El motivo no es químico, sino simbólico”.