Este diagnóstico implica mucho más que ser más inteligente o aprender más rápido que la media. La detección precoz, el sostén emocional en la familia y la adaptación educativa en el colegio son fundamentales para ayudar a estos niños

Ser madre o padre va ligado al deseo de ofrecer lo mejor a los hijos, unido al miedo a que sufran o a no saber ayudarles a ser felices. Temores que son intrínsecos a la paternidad, pero que se ven incrementados cuando un diagnóstico de altas capacidades (AACC) llega a la familia. Sin embargo, hasta tener esa confirmación, las familias recorren un largo camino en el que la sospecha de que algo es diferente está ahí casi desde el princip...

io, por eso tampoco es extraño que el diagnóstico se reciba como una liberación.

“Una vez finalizó el proceso de evaluación, el resultado llegó como un alivio: saber que tenía altas capacidades nos ayudó a poner sentido. Nos permitió comprender mejor a nuestra hija, identificar su perfil y trabajar en los desafíos que no sabíamos gestionar”, explica Beatriz Belinchón, madre de una niña con AACC y con un máster universitario en talento y autismo por la Universidad de La Rioja. Ella reconoce que la sospecha derivó de una suma de señales que observaron desde que su hija era muy pequeña: “Su mirada analítica, su capacidad de observar y de registrar cada espacio, su gran memoria, un vocabulario poco habitual para su edad, un ritmo de aprendizaje muy ágil y autónomo… una forma de mirar el mundo muy profunda y con mucha intensidad”, detalla.