Las manifestaciones en las calles iraníes ponen en evidencia un malestar estructural en el país, con una inflación crónica, pobreza y un alto desempleo juvenil
Las manifestaciones de las últimas dos semanas en Irán ponen de manifiesto un malestar estructural profundo y complejo, en el que las demandas económicas constituyen únicamente la punta del iceberg.
Aunque las protestas se originaron en el Gran Bazar de Teherán, el movimiento responde a causas mucho más amplias. Los factores económicos han estado siempre presentes en el trasfondo de las movilizaciones sociales y, en esta ocasión, se han convertido en su principal motor. No es casual que la primera chispa surgiera el 28 de diciembre en el corazón comercial de la capital y se propagara con rapidez a numerosas ciudades del país, evidenciando la convicción generalizada de que el sistema vigente es irreformable.
Según estadísticas oficiales, en los últimos ocho años el poder adquisitivo ha caído más del 90% y el tipo de cambio del dólar en el mercado libre ha aumentado un 3.300%. Esta devaluación ha sido tan severa que el tomán —unidad informal equivalente a 10 riales— ha comenzado a utilizarse incluso en contextos oficiales para evitar cifras desmesuradas, difíciles de leer y comprender. La tasa de desempleo juvenil alcanza un 19,7% y una parte significativa de quienes trabajan lo hacen en condiciones de precariedad. Como resultado, la clase media con formación, competencias y expectativas comparables a las de la clase media global, ha sido empujada por debajo del umbral de la pobreza y ha perdido cualquier horizonte de progreso. La inflación crónica, que según datos oficiales ronda el 50%, ha erosionado de forma sostenida el estatus social de amplias capas de la población.









