Las imposiciones de Estados Unidos obligan al antiguo equipo de Maduro a aceptar una transición tutelada con Delcy Rodríguez que quiere mantener el control de la calle sin exhibir sus contradicciones

La tarde del 2 de enero, Nicolás Maduro se quitó el chándal, se puso un traje y una corbata roja y abrió los salones del palacio de Miraflores para recibir a Qui Xiaoqi, el enviado especial a Venezuela del presidente chino, Xi Jinping. Durante la ceremonia, ambas delegaciones intercambiaron algunos regalos, entre ellos, un caballo de cerámica. Cuando llegó a sus manos, Maduro aprovechó para soltar un chiste: “Venezuela y China, vamos cabalgando, la unión perfecta a toda prueba en todo momento. Siempre victoriosos”, dijo exhibiendo caribeñismo ante la fría delegación oriental. Solo 48 horas después de aquellas risas, la imagen —todavía impensable hace apenas una semana— de Maduro entrando esposado en un tribunal de Nueva York, comenzó a circular en los despachos diplomáticos, mientras en Venezuela se normalizaba una palabra hasta entonces inimaginable: “Transición”.

Durante dos décadas, Venezuela ha basado su supervivencia militar e ideológica en la alianza con dos grandes potencias, Rusia y China, que han reaccionado tibiamente a la desaparición del hombre que les abrió las puertas del país, y un tercero, Cuba, que a duras penas trata de sobrevivir.