Si la operación de Trump en Venezuela fructifica, Washington controlará las mayores reservas del mundo y podrá multiplicar la producción

“El que salva a su país, no viola ninguna ley”, escribió Donald Trump en febrero, parafraseando una frase atribuida a Napoleón. Esta semana, en una entrevista a The New York Times, abundó en una idea similar, al responder que el único freno a sus actuaciones militares sería su propia “moral”. Este marco es importante para analizar el gran embate a la industria del petróleo lanzado a propósito de

en-distintos-puntos-de-caracas-en-medio-de-las-tensiones-con-estados-unidos.html" target="_self" rel="" title="https://elpais.com/america/2026-01-03/se-reportan-explosiones-en-distintos-puntos-de-caracas-en-medio-de-las-tensiones-con-estados-unidos.html" data-link-track-dtm="">la intervención de Venezuela. Con una franqueza descarnada y un lenguaje de tono imperialista, Trump ha puesto el crudo en el centro de la operación, que ha supuesto la captura de Nicolás Maduro y le ha abierto las puertas a las mayores reservas de oro negro del mundo.

El país caribeño arrebató el liderato en el volumen de pozos conocidos a Arabia Saudí en 2010, gracias a los descubrimientos en la faja petrolífera del Orinoco, al norte del país, pero, paradójicamente, su producción se ha hundido hasta una tercera parte de lo que era en los 90, presa de sanciones, crisis y deficiente gestión. Dispone de 300.000 millones de barriles, alrededor del 17% del total mundial, pero su producción se sitúa en el 1%. Y eso es una obsesión para Trump, cuyo mantra desde la primera administración fue “Drill, baby, drill [Perfora, nene/a, perfora]”, lema prestado de la campaña republicana de 2008. Nunca ha tenido reparos en mostrar sus prioridades: en 2019, como presidente, aseguró que mantenía las tropas en Siria “solo por el petróleo”.