El presidente de Estados Unidos promete un crecimiento económico veloz, pero el precio y la demanda de crudo pondrán a prueba sus planes
El presidente Donald Trump envió una señal de cambio de juego al anunciar que el Gobierno interino de Delcy Rodríguez enviará hasta 50 millones de barriles de crudo a Estados Unidos. Será él mismo, dijo el republicano, quien venderá esos barriles en el mercado internacional, en una primera muestra de cómo operará su tutelaje sobre la industria venezolana de hidrocarburos. El escenario se completa con la decisión de Washington de interceptar en alta mar los buques petroleros sancionados que Venezuela utilizaba para exportar crudo a países como China.
Sin duda, el movimiento será criticado por los detractores del Trump, quien, en cambio, ha exhibido la operación como una victoria simbólica y una señal de la recuperación económica que ha prometido. Más allá de la retórica, la operación será una prueba en caliente de la capacidad de ambas partes para conciliar el día a día operativo de un sector derruido.
La tarea de reconstrucción exigirá ingentes recursos, un elevado apetito de riesgo por parte de las petroleras privadas y pericia para navegar el andamiaje politizado y poco eficiente construido por el chavismo durante casi tres décadas. Todo ello en un contexto de bajos precios del petróleo, sanciones diseñadas por el propio Gobierno de Estados Unidos para frenar el rédito económico del sector y la complejidad técnica de bombear y procesar crudo pesado y extrapesado, como el que produce Venezuela.












