Debe ser raro vivir así, creerse que uno es dueño cuando en realidad es el sirviente más pagado

Hay canciones que convocan mundos. La que se me apareció de sopetón anoche me recordó que, en mi infancia argentina, a esos señores los llamábamos ejecutivos y eran campeones de algo: “Ay qué vivos / son los ejecutivos… / … el sillón al avión, / del avión al salón, / del harén al edén, / siempre tienen razón, / y además tienen la sartén, / la sartén por el mango, y el mango también”, cantaba hacia 1970 María Elena Walsh, la autora de El reino del revés —y tantos otros—,

-link-track-dtm="">maestra absoluta de la canción niñera que también componía para grandes.

Pero la palabra ejecutivo es complicada: un ejecutivo en principio ejecuta, y ejecutar nunca es simpático, ya se trate de una hipoteca o de algún reo. Así que alguien debe haber supuesto que les convenía cambiar de etiqueta e hizo lo que hacen todos los que quieren poner nombres distintos a las cosas pero no les alcanza el cerebro ni el cacumen ni los sesos ni las neuronas ni ningún otro trozo de casquería para inventar algo; derrotados sin siquiera pelear, buscan a alguno que chapurree americano y le preguntan cómo lo dicen ellos —y empiezan a decirlo.