Las mujeres han llegado a extremos insospechados para encajar en el canon de su tiempo. Analizamos qué hay de cierto y qué no sobre el Ozempic de la era victoriana.

La Hermanastra Fea es una película de horror corporal, de 2025, ópera prima de la directora Emilie Blichfeldt. Entre la ficción se cuela una escena especialmente perturbadora porque se presenta como histórica: la protagonista, Elvira, se traga un huevo de tenia para perder peso. Este parásito, que habita en ciertos animales y que puede infectar al organismo al comer su carne cruda o poco cocinada, se adhiere al intestino y crece alimentándose de parte de lo que come su huésped. Hablamos de un gusano plano de color blanquecino que puede llegar a medir entre 2 y 12 metros, según sea porcino o bovino. Por supuesto, lo que sucede a continuación es también propio de un guion espeluznante.

La idea no surge de la nada. Cada cierto tiempo reaparece en internet, documentada como parte de una serie de remedios extremos del siglo XIX para conseguir el canon de belleza femenino de la época victoriana, que básicamente era el heroin chic del momento: cuerpos extremadamente delgados, apariencia frágil, casi enfermiza. El modelo estético se inspiraba, de hecho, en los síntomas de la tuberculosis: piel pálida, ojos brillantes, mejillas sonrosadas, labios intensos y una silueta delicada hasta la extenuación. Semejante sacrificio encaja con los ideales victorianos, ilustrados en The Ugly-Girl Papers, de S.D Powers, una de las guías de belleza de la época. Básicamente, cuenta que la belleza es un asunto “de las mujeres” y que ninguna chica común podía permitirse “la pereza” si aspiraba a casarse y ascender socialmente. En esa carrera hacia la perfección victoriana se han documentado prácticas tóxicas como inhalar amoníaco, ingerir arsénico, o utilizar corsés, pero a la supuesta “dieta de la tenia” le ha perseguido siempre una gran dosis de leyenda urbana.