Sin darnos cuenta, las chavalas de la periferia, las hijas del hormigón, habíamos empezado a incluir en nuestras conversaciones que existía un medicamento para diabéticos de tipo 2 con el que podría perder peso mágicamente cualquiera. Adelgazar mientras esperas regular tu nivel de azúcar en sangre es un efecto secundario de esos que son pura serendipia, como las erecciones de la Viagra....

Hace unos meses aparecieron los memes ilustrados por las famosas que posaban en la alfombra roja de turno, más flacas de lo que recordábamos. En abril de este mismo año, Los Simpson le dedicaron un capítulo al Othinquic, lo que nos hace pensar si es que siempre hay una escena en Springfield que nos predice el futuro, o si es que la historia se repite y, por lo tanto, somos animales de costumbres y de vicios.

La generación millennial, a la que pertenece Amanda, que creció con charlas contra la anorexia y la bulimia en los institutos no se va a arrodillar frente al váter ni a esconder la comida en servilletas: se va a pinchar a escondidas, como la anterior.

Pau Donés cantaba aquello de que “por un beso de la flaca daría lo que fuera”, pero al parecer somos nosotras, las mujeres, las que estamos dispuestas a cualquier cosa por evitar que nos llamen gordas. A pesar de que ya haya varios títulos en las librerías que defienden que Gorda no es un insulto, como me recuerda Isa a sus 40 años desde Valencia. A la mayoría nos preocupa tanto ser validadas, reconocidas y deseadas que poco nos importa parecer unas yonquis de la talla 36, comiéndonos el techo el día que no hemos podido completar nuestra rutina del skincare, ni nos hemos tomado las gominolas de colágeno.